1.07.2009

El Hospital. I parte

El sol se ponía con pereza tras las altas montañas que rodeaban El Refugio. Elvira observaba silenciosa la sinfonía de colores y pensaba. Esa noche seguro que no podría dormir. No podía creer lo que había pasado: El día anterior, mientras ella y Carlos hacían la ronda por las torres eléctricas levantadas por Román, Carlos se cayó de cinco metros y medio. La fractura abierta de tibia es una de las lesiones más dolorosas relacionadas con los huesos. Elvira corrió hacia El Refugio para buscar ayuda. Tras trasladarlo a la casa más cálida, el viejísimo doctor Francisco dictaminó que la herida se infectaría y Carlos moriría sin remisión si no recibía antibióticos de alto espectro. Además posiblemente se volvería loco del dolor sin analgésicos. Y desde que el mundo se fue al carajo aquellas cosas no nos sobraban precisamente.
Así que había que conseguir esos medicamentos. Normalmente la cincuentena de habitantes del refugio hacía regularmente salidas para abastecerse de alimentos específicos, armas, información o trazar mapas de los puntos muertos y el movimiento de las hordas zombie. Los más proclives a ello eran los refugiados del plan Guille; los habitantes originales del Refugio (Bubión) eran más reacios. Precisamente en esos momentos un grupo de hombres armados investigaba la base militar de armilla en busca de armas y comida enlatada. Ellos tenían que haber hecho la salida para buscar las cosas de Carlos. Pero ahora no estaban y nadie tenía muy claro quién tenía la responsabilidad de aventurarse en el punto muerto de Granada.
Para empeorar la situación todos estaban seguros de que desde la evacuación y la posterior caída de todos los puntos seguros, las farmacias y sitios por el estilo habrían sido saqueados hasta los cimientos. El único lugar que ahora podía albergar ese tipo de medicamentos (Francisco había dicho que Ibuprofeno 850 y morfina en dosis auto inyectables) era el Hospital Clínico, ya que el Ruiz de Alda había ardido hasta los cimientos durante la evacuación.Así que se llevó a cabo el sorteo. Participaron todas las personas que quedaban sanas y jóvenes. Alguien reunió un montón de cañas de diferentes tamaños y cada persona cogió una. Cuando Elvira abrió la mano, se le heló la espalda. Afortunadamente la segunda pajita más corta era de Rebeca, por lo menos iría con alguien conocido.

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