1.07.2009

El Hospital. Parte II

Montaron en el viejo coche de los padres de Igna. Diez minutos antes Rebe había estado dando viajes desde el almacén del combustible con garrafas de gasolina para llenar el depósito. Llevaban dos mochilas con algunas cosas: un par de bolsitas de plástico con comida imperecedera para dos días, dos cuerdas de un metro cada una, unas cantimploras abolladas de un litro de agua, unas mantas bien dobladas y un cuchillo jamonero para cada una de ellas. Además Elvira llevaba en el cinturón una desgastada pistola de 10 mm y un cargador con diez balas más en la chaqueta. Por su parte Rebe portaba un fusil M 16 con un cargador de reserva en el bolsillo de atrás del pantalón. ¿Qué curiosa historia contaría el M 16 si pudiera hablar? ¿Cómo había llegado desde su base militar a la armería del Refugio? Nunca lo sabrían.
El viaje transcurrió sin accidentes ni sorpresas. Fueron por carreteras secundarias y a veces por caminos muy poco transitados. No vieron ninguna criatura. El Punto Seguro de Almería los atraía como moscas. Entraron en Granada por el Zaidín y aceleraron el motor como locas por las calles. De vez en cuando una calle se veía bloqueada por camiones, accidentes o masas de zetas. Cuando veían u oían el coche se giraban e intentaban seguirlo en vano, por fortuna.
Finalmente y apareciendo de entre lo que antes era una calle peatonal, vieron el hospital clínico. Se visión causaba desasosiego, casi todos los cristales estaban rotos, el interior se veía oscuro y solitario y había un par de manchas de lo que parecía sangre seca en la fachada. No parecía haber zetas por la zona. Metieron el vehículo por la entrada principal, por donde normalmente no entraban los coches y aparcaron justo en las escaleras que subían a la entrada cristalera. Bajaron apresuradamente cerrando bien con llave. Subieron al trote las escaleras y tragando saliva se internaron en la semi-penumbra del hospital.
El hall mostraba una imagen tenebrosa y Rebeca retrocedió un paso cuando vio los inmensos charcos de sangre en el suelo y los rastros de manos sangrientas por las paredes. No se oía nada. Elvira inspiró profundamente.
-Oye, entrar, coger las cosas y salir. ¿De acuerdo?- Elvira asintió a las palabras de su compañera y amartilló la pistola. Rafa les había enseñado a todos los rudimentos de las armas de fuego.

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