1.07.2009

El Hospital. Parte VII

Tras un minuto de recuperación Rebe se agachó junto a un soldado y lo registró, sonriendo entre temblores mientras sacaba una Magnum 44. de la cartuchera del cinturón de este.
Elvira tuvo la mano puesta en la herida hasta que la sangre ceso de fluir. No era un mordisco muy profundo, pero ya estaba contagiada. Por suerte (o por desgracia), este virus no era mortal. Se transmitía por contacto con fluidos y hacía que cuando el infectado muriera se transformara en unos minutos en un zombie. Rebeca la ayudó a levantarse, pero se notaba en su mirada que tenía mucho cuidado en no acercarse a la herida. Cuando giró la cabeza atrás vio la imprudencia que habían cometido. Al otro lado del patio, sobre una puerta doble, un cartel rezaba “MORTUORIO”. Rápidamente se alejaron del patio y volvieron al pasillo. Torcieron a la izquierda hacia una puerta de madera cerraba cuyo cartel identificaba como el quiropráctico. Entrarían allí para buscar las otras cosas que necesitaban para Carlos: una sierra quirúrgica, jeringuillas, gasas esterilizadas, hilo de seda y alcohol. Elvira ya estaba más centrada. Su valor natural hacía que se recuperara rápido de los golpes.
Tiró del pomo sin éxito. Por detrás de ellas, a unos diez metros, la claridad de la puerta permitía ver a los dos zetas contra los que habían luchado antes. Se habían recuperado y avanzaban más lento debido a los golpes. Pero avanzaban.
Rebe se giró decidida y disparó el magnum contra la cerradura. El disparó se escuchó como un auténtico cañonazo en el recientemente recuperado silencio. Fue como pulsar un botón. Todo el hospital volvió a rugir en golpes y gemidos.
La cerradura se desintegró y la puerta se abrió de golpe. Entraba un poco de claridad por la ventana. En el escritorio del centro de la habitación permanecía sentado un cadáver con un agujero en la cabeza. Mostraba signos de putrefacción evidentes. A la derecha se encontraba una camilla tirada por el suelo y muchos papeles revueltos.A la izquierda una hilera de taquillas de metal. De ellas salían unos golpes furiosos. Las dos se miraron y Elvira dijo que cubriría la entrada. Se giró y apuntó a las figuras vacilantes que se aproximaban por el pasillo. Rebe se guardó la gigantesca magnum en el bolsillo de la chaqueta y corrió tras el escritorio aguantándose las arcadas. Abrió los cajones rápidamente. Papeles, cremas de masajes y el último cerrado…

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