Suspiraron de alivio al descubrir los amontonados paquetes de gasas y dos gigantescas botellas de alcohol. Además había un montón de aspirinas y analgésicos leves, nada de ello útil para las compañeras.
Mientras tanto los golpes continuaban sin cesar y el sofá empezaba a moverse un poco. De repente se oyeron rápidas pisadas de botas por el pasillo y un par de ladridos cercanos. Los pasos se fueron acercando y pararon de sopetón. Se escuchó un único disparó de rifle y algo cayó al otro lado de la puerta.
Rebe y Elvira permanecieron paralizadas. No tenían noticias de supervivientes en esa zona ni en ninguna de Granada y la posibilidad de que el autor de los disparos fuera hostil hizo que se quedaran prudentemente calladas y quietas durante un momento.
Tras cinco minutos de espera apartaron el sofá cuidadosamente y abrieron la puerta. Había un cadáver con un agujero humeante en la cabeza. Se encontraba tirado de lado en el suelo. Rebeca salió primera apuntando con el fusil. No había nada, nada salvo el patio del mortuorio de nuevo y otros dos zetas que comenzaban a salir.
Elvira miró hacia la pared y en ese punto donde ahora había claridad y ausencia de sangre y mugre tuvo una gran revelación. Todo el pasillo estaba recorrido de punta a punta por tres líneas. Una amarilla, una verde y una roja. Con la adrenalina y el miedo no habían reparado en ellas hasta ahora. Elvira sintió una creciente indignación consigo misma y con Rebe por no haber pensado antes en eso, quizá no la hubieran mordido…no, no era momento de pensar en eso.
-¡Mira la pared!-Rebe se fijó y casi dispara por el sobresalto.
-La roja tiene una Q. En un quirófano seguro que encontramos lo que nos falta.
-Movámonos.
Comenzaron una carrera desesperada por los pasillos que oscurecían a medida que se alejaban de la cristalera, de donde ya veían salir cuatro monstruos. Elvira intentaba apuntar a la pared y a la vez al pasillo para no perder el camino del quirófano. Sangraba de vez en cuando un borbotón rojo que perforaba la camiseta negra y le hacía apretar los dientes. Giraron a la izquierda y siguieron recto, saltaron el cadáver de un antiguo asaltante para continuar el camino. Dejaron un pasillo a la derecha y cuando llegaban al segundo…
Mierda, estos zombies no son como los de las películas, no se tambalean babeantes aullando: cereeeeebros. Son tan rápidos como les permite el creciente rigor mortis, así, estos cadáveres medio antiguos podían andar como un humano, pero no correr y cuando se encontraban a tres metros o menos tenían una cosa que conocíamos como “la explosión”, es decir, los cabrones embestían con la boca por delante, un último esfuerzo para su cuerpo atormentado. Pero claro todo dependía de la frescura del cadáver, un recién caído podía llegar a correr.
1.08.2009
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