Embistieron desde el segundo pasillo. Ellas se habían despistado y tenían que pagar su error. A Rebeca el golpe la tiró por el suelo, pero consiguió propinar una patada a ciegas con la que apartó a su atacante, siempre había sido una chica afortunada.
A Elvira no la derribaron, la agarraron. Unos putrefactos brazos de acero la sostuvieron por los hombros y solo tuvo tiempo de extraer el cuchillo del cinturón. Rebeca disparó la Magnum por última vez, fallando. El tiro entró por el pecho y lo reventó por completo, aunque a su dueño no pareció importarle mucho. Siguió andando.
Elvira aprovechó sus mayores reflejos y descargó un golpe terrible, destinado a atravesarle el cráneo a aquel mal nacido (más bien, mal renacido). Cuando comenzaba a bajar el brazo su herida la traicionó, un calambre le recorrió el torso y la espalda e hizo que el golpe perdiera fuerza en el último momento. Sonó un desagradable crujido cuando el cuchillo se hundió un centímetro en el cráneo del zeta y se quedó atorado. Era su turno. Bajó la cabeza y casi con premura intentó masticar el desprotegido cuello de Elvira, la chica subió el brazo en el último instante y el monstruo cerró las mandíbulas entorno a su antebrazo.
Elvira chilló de dolor y con un último esfuerzo lo apartó de un rodillazo en el estomago, lo justo, un metro.
Mientras tanto Rebeca no había perdido el tiempo, mientras su enemigo retrocedía por la fuerza del impacto había arrojado la inútil Magnum, había desembarazado el rifle y le había descerrajado un tiro al desdichado encima del labio superior. Para cuando el grito de Elvira recorría el hospital reanudando la sinfonía de extraños sonidos, Rebeca ya tenía encañonado al agresor en la cabeza. Imaginad lo que un proyectil de M16 le hace a un parietal a una distancia de medio centímetro.
Elvira lloraba en silencio, hipando de vez en cuando, mientras sujetaba la linterna cada vez más renqueante en una mano y la pistola en la otra. Se había quitado la camiseta y se encontraba recostada contra la pared. Rebe estaba en cuclillas delante de ella, manejando las gasas y el alcohol. Solo habían gastado un envoltorio de gasas, un cuarto de una de las botellas de alcohol y una dosis de morfina. Carlos no se moriría por eso.
-He conseguido que deje de sangrar. Te pondrás bien.-Elvira negó con la cabeza. Entonces recordó porque estaba allí y las ganas de volver a verlos a todos la inundaron. Las ganas de volver a verlo a él le golpearon como un puño muerto.
Se colocó la camiseta y se puso la mochila. Continuaron.
1.08.2009
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