El camino de la línea roja las condujo hasta otro pasillo donde Elvira anduvo despreocupada hasta la figura que ser acercaba a trompicones y cuando estuvo a un metro le descerrajó un tiro en la frente. Rebe disparó a otra figura que venía por el pasillo de la izquierda y le reventó una rodilla, volvió a apuntar.
-¡Déjalo!-Su voz estaba furiosa-Quiero irme de aquí, como está no nos cogerá.
Rebeca asintió y comenzaron a trotar por el pasillo. Expulsaban un frio resuello que paró cuando giraron a la izquierda por última vez.
La línea roja acababa al final del pasillo, donde una puerta con cristal volvía a mostrar el mismo jardín de antes.
Ante de la puerta doble del quirófano había cuatro figuras que se volvieron hacia ellas y comenzaron a gemir. Rebeca, harta de andarse con minucias, rompió una de las reglas de combate. Puso la palanca en ráfaga y disparó.
Las tres balas que quedaban salieron hacia los zetas, aunque Rebe no estaba acostumbrada a ese retroceso y lo hicieron con trayectorias diferentes. Se abrió un agujero en la pared, un agujero en una frente y un muslo necrótico dejó de existir. Elvira comenzó a avanzar disparando mientras Rebe metía el cargador que le quedaba. La joven herida derribó a otro con un certero disparo. Le quedaba una bala. Un zeta se acercaba a una velocidad considerable mientras el otro lo hacía arrastrándose. Apuntó al caminante y la bala entró por el ojo. Su puntería mejoraba.
Rebeca masacró al otro. Entraron como una tromba en el quirófano, apuntando con las armas y la linterna. Todo estaba vació. Todo excepto la corrupta mesa de operaciones.
Yaciendo allí, sabe Dios desde cuando, había un hombre, atado y con el pecho abierto en canal. Su negro corazón ya no latía, pero gemía y sus ojos sangrientos anhelaban la carne de las compañeras. Elvira se acercó y con la frialdad del cazador, le metió el cuchillo por el ojo izquierdo.
Cuando salieron corriendo parecía que un huracán había pasado por allí. Todas las bandejas de instrumental estaban tiradas por el suelo y los cajones revueltos y saqueados. En sus mochilas tintineaban una sierra médica, jeringuillas y varios paquetes de hilo de seda. Rápidamente desanduvieron el camino, saltando a los monstruos heridos y llegaron a donde las habían sorprendido desde la oscuridad. Allí recuperaron el aliento y se orientaron, encontraron la sala de espera y se acercaron a las sillas de plástico. Un inquietante sonido venía de arriba, como el de decenas de pies siento arrastrados a la vez, acompañado de un gemido casi unánime y desalentador. Subieron las escaleras cada vez más iluminadas lentamente, con las armas en ristre. Comenzaron a oírse disparos arriba. Aceleraron y cuando giraron el recodo que permitía ver el piso de arriba se quedaron heladas. Muchos de zetas avanzaban hacia la salida, de donde provenían los disparos. Cuando ellas asomaron por el rellano, algunos se desbancaron del grupo y se dirigieron hacia ellas. Retrocedieron un par de pasos abriendo fuego continuamente.
1.08.2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario